Era mi turno hace muchos turnos pero, ya que las entregas y los parciales no me daban tregua, mi muy buena amiga Rubia se ha hecho cargo de este rincón del cyber-espacio.
Como mis últimas neuronas han ido entrando en una especie de letargo a medida que la primavera se acerca apurada (quizás demasiado apurada) a su fin, he decidido robar un texto otra vez (y digo robar porque nunca tuve, y probablemente nunca tendré, la oportunidad de pedirle permiso a su autor para publicarlo).
Sin más prolegómenos aquí dejo el texto:
RECUERDOS DE SAN JOSÉ DEL RINCÓN, por Héctor Bonaparte
San José del Rincón, 15 Kilómetros al norte de Santa Fe por la ruta provincial No. 1 que va a Cayastá y Helvecia, está asociada a recuerdos de mi infancia y adolescencia. Con el atractivo de la cercanía y el perfume colorido de los naranjales, mi padre compró en 1930 un terrenito en una loma al borde de la laguna e hizo construir una casa para pasar allí los veranos. Los sauces y eucaliptos con el canto de los pájaros saludando al sol, y las sinfonías de chicharras despidiéndolo permanecen como una música del pasado. Lo mismo que las calles de una arena espesa y clarita, que uno podía transitar de noche a la luz de unos faroles de kerosén que parecían sacados de una esquina del Buenos Aires colonial. Algunos carnavales fueron brillantes, pues el baile en la plaza se iluminaba con guirnaldas de lamparitas alimentadas por un generador eléctrico llevado desde Santa Fe, que se instalaba en la panadería de los Facino y hacía oír su golpeteo hasta en la misma plaza. Los chicos nos entreteníamos vendiendo “¡Serpentina a dié el paquete!”, mientras hacía sus cabriolas la Murga “La Clise (crisis) del 14″ y un Diablo Rojo corría a los muchachitos por entre los canteros con una vejiga de vaca inflada. Al caer la tarde llegaban con puntualidad de Primer Mundo unos mosquitos isleños robustos, que matábamos con facilidad en unas competencias en las que contábamos con prolijidad los que conseguía abatir cada uno. Las empanadas de Doña Dolores eran muy apreciadas, pero nosotros preferíamos sus bizcochos criollos, que devorábamos con la leche de la tarde cuando volvíamos del baño en el arroyo.
No me entra en la cabeza que en ese clima de tanta vida haya aparecido -cincuenta años después- la locura genocida de quien llegó a ser intendente del pueblo, y está siendo juzgado ahora por las torturas y desapariciones de la comisaría 4a. de la ciudad de Santa Fe.
(Carta de lectores del diario La Capital de Rosario del 4/8/10)
